Nadie negaría que fue la forma perfecta de despedirnos.
Fueron nuestros últimos recuerdos, los que siempre quise guardar.
Si hasta mi estómago hizo espacio para disfrutar del festín como si fuera el último día en la tierra.
Una noche de caricias y abrazos tiernos, sin besos.
Despertaste en madrugada sonámbulo y como de costumbre me hiciste reír.
Nunca el desayuno (ni el beso de la mañana) fue tan rico.
A la hora de almuerzo, cada vez mas cerca del adiós, comenzó a faltarle sazón a la conversa y también a la comida ...
Un último paseo por el centro, sin tomarnos de la mano ni fijar nuestras miradas para no llorar y tentar al arrepentimiento...
Luego la despedida, un eterno y terrible silencio escribió el inevitable punto final.
Y me fui con el nudo en la garganta y la derrota a cuestas, sintiéndome pequeñita.
Y pensé que el dolor (y el amor) de algo tan minúsculo realmente no significa nada...
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